Banderas de nuestros padres.

Había calma en el cuerpo de guardia. Algún chiste ocasional que no llegaba a distraer a la milicia, algún comentario práctico, intercambios de miradas… Lo normal. Todos eran veteranos y sabían para qué estaban allí. Una vez más, su territorio, su casa, su templo, estaba amenazado. Por eso habían sido convocados y por eso allí estaban. Preparándose para la batalla. Tranquilos. Decididos. No confiados, que esa actitud más de una batalla ha costado por creerla ganada antes de pelearla. De modo que su entrada en la llanura, en un día fresco y nuboso, se produjo en orden.

Pero una victoria que no se pelea no sabe a nada. Y gracias a Dios, Alcorcón estaba dispuesto a pelear. Había entrado en terreno enemigo con ganas de hacer algo grande. De modo que empezó llevando la contienda al campo contrario. ¡Al nuestro! Sin peligro inminente, cierto, pero pisando terreno sagrado.  

Trabajo. Trabajo. Los viejos guerreros pueden estar cansados, pueden haberse dejado ya la piel, y con ella la ligereza de movimientos, en mil batallas. Pero saben que sólo dejarán de trabajar el día en que se mueran. Así, la formación de guerreros se movía bien, con competencia: ganaba las melés y las touches, incluso robaba algunas al contrario, de las que más duelen. Como robaba también algún ruck. Trabajo. Trabajo. Y los frutos llegan. Primero, en forma de terreno ganado, tornando al atacante en defensor.

Alcorcón se defendía con orden. Habían venido a pelear, y no iba a ser tarea fácil. Pero una carga de la caballería pesada en el momento oportuno puede destruir casi cualquier línea defensiva. En el minuto 15 Encabo corrió, cargó, chocó, demolió, y marcó. 5-0.

Cinco minutos después, con la brecha abierta, sucesión de pick and drive por la izquierda, golpe de castigo y Peris, rápido como un cazador a caballo, vio el hueco, movió, pasó y ensayo de Macanan, transformado por AJ. 10-0 

Era el momento de poner distancia, de evitar que cualquier imprevisto abriera las puertas al desastre: patada certera del Vasco aprovechando un golpe a favor y touche a 5m. Minuto 33. Isma sonrió. Estaba gusto en las touches. Las alturas eran suyas. Esta vez también. Y con ese balón de oro, el Sanisi hizo un maul por el cerrado y como una tortuga romana, imparable, avanzó hasta la línea de marca, donde Cordero depositó el balón. Al fin y al cabo, a los perros viejos a veces no hace falta enseñarles trucos nuevos.

Muy a tiempo, porque se acercaba el descanso y Alcorcón, como la fiera que huele la sangre, se dirigió resuelto hacia nuestra zona de marca. Y esta vez el Sanisi, bien colocado y defendiendo bien, pecó de celo. Pecó hasta la estulticia. Porque enlazamos un golpe de castigo en contra tras otro, por fueras de juego o infracciones en los rucks. Y los errores se pagan. Ensayo de Alcorcón a la salida de un amontonamiento, y en el descanso las espadas seguían en alto.  17-5.

Pero al retomar la batalla, se vio que Alcorcón había dado todo lo que tenía. Además, San Isidro dio entrada a sangre fresca: Juanillo y Alvaro. Honor para la joven guardia, que se hizo digno de él, con galopadas, con defensa y obteniendo balones, allá arriba, que eran un verdadero regalo para los de abajo.  Y gloria para los caídos en combate. Nacho, a recuperarse pronto de esa vértebra tocada.

En el minuto 47 ensayo y transformación de AJ, seguido en el m 53 por otra galopada de Encabo por donde más duro era el combate, hasta la zona de marca. 29-5 y empezábamos a poner distancia. De hecho, una larga carrera de Alcorcón, desde su propia 22 hasta nuestra zona de marca, ya no podía inquietar. 29-10

Mientras tanto, y como en esta vida todos tenemos dentro algo de cómicos, aun en medio del combate, inevitablemente aportamos algo de alegría al momento: así, el golpe de chepa de Javier fue hacia el final del partido superado por un “Manostijeras” de Andrewwws. Para quien lo ignore, esta legendaria jugada consiste en escaparse hacia la línea de ensayo, veloz como un rayo, y sorprender a pocos metros de la meta a propios y extraños lanzando el balón en un original vuelo hacia delante. Periódicamente, en San Isidro, reeditando esta jugada se homenajea a ese mítico jugador que es Jacobo, cuyas ausencias sólo consiguen aumentar las dimensiones de su leyenda. Aunque para vuelos originales hay que citar los de los intentos de transformación. Baste decir que el de Canche fue el más próximo a palos, y no se acercó a más de veinte metros de los mismos.  Por cierto, la trayectoria en forma de seis del tiro del primera línea fue también la más parecida a una línea recta que logramos en esta suerte.

Por lo demás, el curso de la batalla ya nos era del todo favorable. Como las desgracias nunca vienen solas, una tarjeta amarilla había reducido las fuerzas de Alcorcón. Rotas las líneas de defensa, en los minutos 62 y 67 Cordero y Pistolas, respectivamente, remataron sendas jugadas de delantera, con mucho maul y mucho ruck. 39-10.

Y entonces…, entonces…, una luz cegadora estalló en el campo. Nadie hubiera pensado que, justo allí y a esa hora, iban los mortales a presenciar el prodigioso espectáculo que siguió a continuación: en los minutos 70 y 77, dos ensayos seguidos de Macanan. Nítidos, incontestables, para que el trazo con que se inscriben en el libro de oro de San Isidro sea firme. Porque el cielo es generoso con quien quiere a sus semejantes, y el pilier derecho se acabaría yendo a casa con tres dianas. 49-10 y buen día para la caballería pesada. Más aún porque, para mayor gloria de la primera línea, vencido ya el partido, en el minuto 79, Macanan volvió a escaparse directo hacia palos. Pero cuando ya nadie podía detenerle, cuando el cuarto ensayo era un hecho consumado, con el terreno abierto ante él, hizo lo que su generoso corazón de pilier le indicó: dio un pase a Cordero, que recibió correctamente el balón. Sorprendente, sin duda, pero eran unos minutos milagrosos. El propio Cordero transformó sobre el pitido final (56-10), pero eso ya no le interesaba a nadie, obnubilados los presentes como estaban ante esa jugada que no hacía sino enriquecer la “Epopeya Macanan”.

Había gritos, cantos y júbilo en el cuerpo de guardia. Un domingo más, la bandera jaquelada de sangre y cielo ondeaba en Orcasitas. Y si alguna vez, que Dios no lo quiera, cayera, el San Isidro sabe que la vieja guardia, nuestros mayores, nuestros padres, no tardarán en volverla a izar. Más alto, si cabe.

Sangre y Cielo.

Javier García-Larrache Capitán Old Lizards

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