Y cuando uno cree que nada nuevo le puede sorprender van unos mocosos y…

Y cuando uno cree que nada nuevo le puede sorprender van unos mocosos y te hacen tragarte tus pensamientos. Un tanto agresivo para comenzar una crónica pero lo cierto es que así ocurrió.

Todo se remonta a unos días, quizá alguna semana antes de esta última jornada de rugby para nuestros pequeñines. No en vano somos un equipo, un equipo grande, con personas que se ayudan y que trabajan cada día para mejorar. Nuestro responsable de la escuela pensó, con muy buen tino como más tarde pudimos comprobar, que sería bueno hacer una mudanza. Dicho y hecho (para qué esperar a probar las innovaciones); nos mudamos. El cambio de espacio de entrenamiento les ha sentado a los chicos como un ibuprofeno a un dolor de cabeza: de maravilla.

El entrenamiento del viernes anterior a la jornada de competición fue como para no creérselo. Los niños entraron en los ejercicios con unas ganas y una atención aún no experimentadas hasta la fecha. Es muy difícil mantener su atención durante una hora y media; es lo normal, les gusta jugar entre ellos, chincharse, correr por el césped como pollos sin cabeza, revolcarse, comer césped artificial (incomprensible), buscar a mamá, subirse a las vallas,….pues eso: son niños.

Este viernes, los ejercicios propuestos por los monitores fueron sucediéndose uno detrás de otro sin atisbo de cansancio o distracción. Por primera vez, no hizo falta echar mano de recetas alternativas. Y eso se nota. Porque tiene razón quien dijo (ni idea de quién fue): “Se juega como se entrena”.

En el terreno de juego dos rivales esta vez: Arquitectura, primero y los de siempre (Hortaleza), después. Para esta jornada, decidimos dividir a los chicos en dos equipos y cada uno jugaría su partido.

Nuestros chiquitines empezaron un poco timoratos el primer partido. No me extraña, yo también lo habría hecho. Nuestros rivales, con una filosofía radicalmente distinta a la nuestra, presentan un equipo de cinco niños y un gigantón. Todos los balones para él y las lagartijas un tanto cohibidas. Eso duró lo que duró. Poco a poco fueron dándose cuenta de que no hay nadie invencible y, a base de explotar sus muchas habilidades, fueron remontando en el juego. Partido intenso, bonito, con un tiempo para cada escuadra. Nosotros, los entrenadores con una amplia sonrisa ante el despliegue de placajes, búsqueda de espacios, pases, apoyos….de los arlequinados. Al final, todos contentos y un gran aplauso desde la grada.

El segundo partido, aún con distintos jugadores, se desarrolló por similares derroteros. En este caso, los nuestros se muestran un tanto superiores a los de negro y pudimos disfrutar con algunos placajes espectaculares (de los que ya dan susto) y un sentido acusado para buscar el balón, primero y luego los espacios. Hasta quienes estuvieron un poco torcidos se contagiaron del espíritu San Isidro y quisieron poner su granito de arena, valioso sin duda.

Al final, nuestro peculiar “tercer tiempo” en el que se combinan los plátanos con los gusanitos. Ni que decir tiene que éstos últimos ganaron por goleada a las frutas.

Y los chicos disfrutan porque son quienes animan a los padres a llevar “chuches” a sus compañeros. Esos que, poco a poco, se irán convirtiendo en sus hermanos.
A los progenitores se les cae la baba….y, a nosotros también.

Una vez más nuestro reconocimiento a: Bruno, Jorge, Jaime, Nico, David, Mario, Israel, Pablo, Sebi, Víctor, Dani, Paco y Jesús. ¡Qué grandes sois!

¡Aúpa San Isidro!

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